BUENOS AIRES.- Con sus últimos discursos, que sugieren el ajuste por los cuatro costados y lo escuchado -y sobre todo lo omitido- en la misión Angola, el gobierno de Cristina Fernández se ha corrido del centro del espectro político de tal manera, que seguir poniendo a Mauricio Macri a su derecha realmente le cuesta muchísimo esfuerzo a ciertos seguidores K. Surcado por el populismo, son cada vez menos los que le endilgan al Gobierno políticas de centro-izquierda, llamadas de modo rimbombante "progresistas". Algunos simpatizantes, muchos provenientes de la izquierda intelectual, han empezado a ser críticos o a despegarse.

Sólo la militancia más rancia es la que todavía compra el libreto antimacri y es la que le pega a diario y casi por deporte al Jefe de Gobierno, a quien todavía acusan de ser el custodio y protector del "capital concentrado". En todo caso, el enemigo elegido por el Gobierno es ahora un par y no por deseo del PRO, sino porque buena parte del FpV parece haberse mimetizado aceleradamente con esas supuestas prácticas.

En materia económica, la necesidad de acomodar los números fiscales, la falta de dólares que llevó al uso de las reservas del BCRA y a recuperar YPF para el Estado y la presión a los gremios para que las paritarias no se salgan de madre, porque el desempleo "es el gran disciplinador", han sido los hitos del viraje práctico de la Presidenta.

Al fin y al cabo, CFK se formó junto a Néstor, caudillo conservador de una provincia donde la caja era religión y jamás se gastó un centavo más de lo que había.

Cuando en medio de la crisis española se lo compara a Macri con Mariano Rajoy por ser ambos "de derechas", olvidando además el aporte del PSOE al desajuste, hay mucho de politiquería. Si se observa la actual presión tributaria que tiene la Argentina, país dónde pagan impuestos los asalariados y los pobres casi más que los ricos o si se miran los topes de aumento que se han intentado poner a los sueldos, negativos frente a la inflación que se sigue negando y que le pega más fuerte a los que menos tienen, ya no se sabe muy bien quién se parece a quién.

Y después está la cuestión Angola, la que debe analizarse por afuera del baile de la Presidenta y del show de Guillermo Moreno y desde un costado muy serio y delicado: derechos humanos en riesgo, falta notoria de democracia y monopolio oficial de prensa sin "evaluación" oficial. No es necesario justificar la defección con lo que también se admite para otros países en nombre del comercio, ya que el rubor del canciller Héctor Timerman lo dijo todo.

Por supuesto, que también hay que sumar al saldo de la visita presidencial las sospechas de negociados o, al menos, de la falta de transparencia, que han dejado a la Argentina en el mismo círculo de triste comparación, en tiempos en que los casos Schoklender y Boudou estallan ante la opinión pública.

Dos preguntas quedan flotando y quizás sean por estas horas preocupación de alguien en el Gobierno: a) ¿quién convenció a la Presidenta de que era algo bueno para ella hacer este viaje a puro costo?; y b) ¿tan mal está la Argentina que, en nombre de la economía, necesita entregar las banderas de los derechos humanos?